La Descarguita y el Lunar de Lola.


El calor húmedo del Oriente cubano se mezclaba con el ritmo contagioso de Los Van Van, que retumbaban desde un tocadiscos prestado. Era Cuba en los años 80: los Beatles ya se habían disuelto, pero los jóvenes los veneraban como si fueran contemporáneos. El gobierno había relajado sus restricciones: ya no era ilegal escuchar a Elvis Presley, Julio Iglesias o Roberto Carlos. Aunque en la radio solo se permitía un pequeño porcentaje de esa música —el resto reservado para preservar la cultura nacional— en las descarguitas, la historia era otra.

Por entonces, apenas había una discoteca en la ciudad, y los clubes nocturnos eran territorio de los mayores. Pero los jóvenes se las ingeniaban: en casa de algún amigo, con botellas de ron barato o “alcolite” con menta y anís, y la música a todo volumen, las descarguitas se convertían en el escenario perfecto para “empatarse”: ese dulce arte de buscar un romance fugaz entre risas y tragos, que hoy muchos desconocen.

A veces se corría la voz por el barrio. Otras, los socios lo comentaban en la escuela. Y en ocasiones, bastaba ir al parque, donde se ofrecía un “menú” de fiestas por toda la ciudad. Si alguien llamaba la atención, se decidía en el acto: “Vamos a la que va ella”.

Aquella noche, la descarguita fue cerca. Arturo, el más extrovertido del grupo, llegó como un tigre en la sabana, escaneando el terreno en busca de presa. Pero solo encontró cebras y gacelas más apropiadas para los leones. De pronto, se cruzó con una mujer que, a simple vista, parecía fuera de lugar: mayor que todos, donde el más viejo no pasaba de los 16. Le recordó a su tía, que ya rondaba los 30. Sin embargo, su ropa ajustada y una sonrisa cómplice la hacían destacar entre la manada. Arturo, algo meticuloso, no pudo evitar fijarse en la verruga que adornaba su mejilla. Le revolvió el estómago.

La noche avanzaba, y Arturo, además de pasarse de tragos, no lograba pasar de nadie. Nadie se le acercaba. Ya tarde, mareado y resignado, vio que la mujer seguía sola. La invitó a bailar. Y al mirarla de nuevo, la verruga ya no era tal: ahora parecía un lunar encantador.

Hay algo mágico en bailar “Hotel California” con una chica que se te cuelga del cuello, mientras tú la abrazas por la cintura, acercándola para que sienta tu naturaleza salvaje. Así cazan los verdaderos tigres.

Pero a este tigre se le borró el cassette.

Al día siguiente, con la cabeza pesada y la memoria hecha trizas, Arturo no recordaba nada.

—¡No jodas, eso no pasó! —protestó, frotándose las sienes mientras Mario y Armando se reían.

—Te lo juro, brother —insistió Mario—. Parecía que te la ibas a comer, literal. Ella estaba derretida. Hasta te prometió dos cajas de cerveza si volvías hoy. ¡Y nos invitó a todos!

—Por mi madre que no me acuerdo de nada. ¿Y cómo se llama? —preguntó Arturo, escéptico.

—No importa, ya la verás —dijo Armando, guiñando un ojo. 

Con más dudas que certezas, Arturo se dejó llevar hasta un apartamento en el centro. Al llegar, encontró un grupo de jóvenes bebiendo y riendo. La música sonaba al ritmo de Roberto Carlos, las cervezas estaban frías, y todo parecía perfecto.

Como de costumbre, Arturo escudriñó el lugar, buscando en su memoria alguna cara familiar. Nada.

Finalmente, cansado, preguntó:

—Oigan, ¿y cuál es mi novia?

Un silencio incómodo cayó sobre la habitación. Los amigos se miraron, conteniendo la risa. Hasta que Mario soltó:

—Esa, la de la verruga.

—Ah, no jodas, vamo’ echando de aquí —susurró Arturo, alarmado. Pero Mario lo sujetó del brazo y replicó con entusiasmo:

—¡De aquí no se va nadie hasta que nos tomemos las cervezas y la beses como anoche! Así que aguanta, que aquí seguimos.

Las cervezas siguieron fluyendo, los chistes no paraban, y poco a poco, la repulsión inicial de Arturo se convirtió en resignación. Después del ron —una, dos, tres botellas— miró a “la tía” con nuevos ojos: su mirada brillaba con picardía, su risa era contagiosa, y aquel lunar tenía un encanto propio.

—Bueno… —suspiró Arturo—. Si dicen que anoche fue tan bueno, ¿por qué no repetirlo?

Ante el júbilo de sus amigos, se acercó a Carmen y la besó con más convicción que vergüenza. Para su sorpresa, ella respondió con igual pasión, dejando claro que, a veces, los besos borrachos tienen más verdad que los recuerdos sobrios.

Al final, todos brindaron por el amor, la fiesta y las descarguitas que, como aquella noche, terminaban en historias que nadie olvidaría… aunque algunos no las recordaran al día siguiente.




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