Las Rosas del Jardín
El pueblo ante sus ojos parecía brillar por una belleza que solo existía en las ansias de anhelo de toda su vida. Realmente el pueblo era una nube de polvo de calles sin asfaltar y un puñado de casas sin pintura deterioradas por las olas de crisis de los últimos años. Ya habían pasado 55 años desde que vio a Ana por última vez, cuando solo tenía unos escasos 18 años.
Aún hoy después de tanto tiempo se sentía joven y con fuerzas y nunca se había perdonado, no haber tomado la decisión correcta en aquel entonces. Lo que más le dolía era que nunca pudo conservar ni siquiera una foto de ella, tan solo un recuerdo en su mente lo acompañó en todo el tiempo que estuvo andando por la vida.
Muchas fueron las mujeres que lo amaron, las que el amó y las que solo lo usaron para su disfrute. Sintió muchas veces esa llama que arde de tan solo una mirada, ese ardor que te llega al rozar otro cuerpo y la virilidad equina de sentirse deseado. Sin embargo nunca nadie pudo borrar de su memoria a la chica de las rosas matizadas. Ni siquiera su difunta esposa que lo acompañó los últimos 40 años. La cara de Ana se fue borrando con los años pero el recuerdo y los momentos vividos con ella se prendieron a él como una cría hambrienta al pecho de su madre.
Se conocieron en una mañana ardiente, cuando la brisa cálida de Agosto bañaba el campamento que compartían en una playa oriental. Por entonces los estudiantes de las universidades del oeste venían a las del este y los del este visitaban las de ellos, durante el período vacacional. Luego, con los años a aquellos campamentos los remodelaron e hicieron bases de campismo. Este era perfecto para eso pues se encontraba en un lomerío en cuya base descansaba un caudaloso río y a escasos kilómetros una pequeña playa.
La tierra aún estaba mojada de la noche anterior y los vacacionistas se habían agrupado en torno al comedor para desayunar. Bordeando el lateral derecho del lugar, había un rosal al parecer plantado por la mano de algún hábil campesino el cual debe haber estado inspirado con tanta belleza natural del entorno campestre del lugar. Ella se inclinó a admirar una rosa de esas que son rosadas con franjas blancas, cuando notó que Antonio arrancaba una roja muy cerca de la suya.
¿Te gustan las rojas? - Preguntó él alcanzándole la recién cortada.
No, a mi me gustan las matizadas.
Enseguida se entabló una conversación que fue agradable al oído de ambos. Desde aquel preciso momento se sentaron juntos a la mesa, por los restantes pocos días que duró la estancia en el camping y en lo adelante todo fue armonía. Ella ya había tenido “su experiencia” en romances y aventuras de todo tipo y para su edad ya tenía unos cuantos “kilómetros recorridos”. Pero Antonio no se parecía a ninguno de los kilómetros que había dejado atrás. Era su media naranja perfecta. Otro tanto pensaba Antonio de ella. En su vida había conocido mujer tal. El siempre fue un muchacho apasionado, pero era casi lo que se podría llamar un maniaco sexual. Siempre fue de los que pensaban que la pareja se sustenta con un 99 por ciento de sexo y uno de lo demás. Pero tener la combinación perfecta nunca lo pensó. Amor, pasión y sexo sin fronteras.
Y con esta fórmula todo iba de maravillas hasta que llegó la hora de la verdad. Ella era de un pueblito del fin del mundo de Pinar y el de Oriente. Ella tenía una persona que estaba esperando que ella regresara para casarse. El estaba casado y tenía un niño que anhelaba ver y su esposa que también lo quería. Pero en el interior de los dos había una idea muy clara: ninguno sentía ni siquiera la mitad de felicidad con esas personas que los esperaban. Ella más agresiva e interesada que él propuso que no se casaría si él se iba con ella para su pueblo. El sopesó las leyes de las probabilidades, la de el determinismo geográfico, los trámites para hacer el cambio de universidad, los gastos asociados, el niño que iba a quedar solo con su madre.. Al final ella regresó y él continuó con su vida.
Hoy después de tantos años se encuentra en el pueblo del fin del mundo al cual renunció ir en su juventud en busca de la chica de las rosas matizadas, su media naranja perfecta.
Si, era allí, en el número 69. Su corazón palpitaba como el de un niño que espera la inyección de la enfermera. Una joven abrió la puerta.
-¿Si, que desea?
-¿Aquí vive Ana, Ana Martínez Parra?
-No mi abuelo, ella murió hace un año.
- ¿Y no hay ningún hijo o hija de ella?
- Aquí solo vivo yo que soy su sobrina. Ella nunca se casó. ¿Y usted quién es?
-Mi nombre es Antonio, Antonio Méndez.
El rostro de la muchacha palideció y una sensación de desmayo invadió su cuerpo. De una de sus mejillas rodó una lágrima y casi con la respiración entrecortada le dijo al anciano.
-Ah, usted es el muchacho de la rosa roja…

Comentarios
Publicar un comentario